COFFEE BREAK
Me senté en la destartalada silla y cerré los ojos con fuerza, tal vez creyendo que si los cerraba lo suficientemente fuerte, me quedaría ciega o desaparecería de mi vista este mundo o, con algo de suerte, yo misma lograría desaparecer. Pero unos segundos después, cuando los abrí, descubrí que el mundo seguía allí, con su destartalada silla, su mesa antiquísima, su ruidosa heladera, su caldera tiznada que echaba humo y todo lo demás.
Sin embargo, aunque el mundo seguía igual de descorazonador y no me prometía nada nuevo, me quedé quieta y en silencio, aguzando los sentidos. Solía hacerlo mucho tiempo atrás, cuando creía que podía llevarme el mundo por delante y salir invicta y salvarlo y cambiarlo…Entonces, me sentaba a lo indio en el césped y dejaba caer lentamente mis párpados, y solamente escuchaba, y acariciaba los yuyos y la tierra con las yemas de los dedos, y respiraba. Profundo, hondo, cuantas veces necesitara. Luego de este ritual comenzaba mi día renovada, purificada de todo lo ruin y lo contaminado y oloroso del día anterior.
¿Hace cuánto había abandonado esa práctica? No lo recordaba. En algún momento me había dado cuenta de que era una chiquillada: una ingenuidad, porque el mundo era injusto y estaba apurado, y si querías mantenerte vivo tenías que seguirle el paso para no morirte aplastado por la manada de salvajes civilizados que venían corriendo y atropellando detrás.
Desde que abandoné esa práctica, no recuerdo haber pensado más. No me refiero a no razonar, a no resolver problemas, a no recordar, etc. Me refiero al simple acto de pensar, como piensa aquel que tiene tiempo y es curioso y le importa. A pensar en quién era, en los por qué, en los de dónde, en el futuro y en la lluvia y en los cantos rodados del arroyo.
Dejé de pensar para hacer lo que algunos se atreven a llamar “vivir”. Sólo ahora, casi veinte años después de que comencé a “vivir”…sólo ahora, sentada en esta silla que amenaza con desarmarse en cualquier momento, escuchando el zumbido constante de la vieja heladera y el suave silbar de la caldera, acariciando la mesa raspada con las yemas de los dedos…sólo ahora me doy cuenta de que nunca viví realmente. Sólo ahora me caen las fichas. Vivir es otra cosa. No se puede vivir sin pensar, sin preguntarse, porque pensar y preguntarse es la única forma posible de caminar, de seguir. No se puede vivir corriendo como maniático sin ver hacia dónde se va. Porque al final del día, al final de nuestros días y de eso que patéticamente llamamos “nuestra vida”, nos daremos cuenta de que, ¡ups!, estábamos corriendo en círculos.
Me levanto de la silla por fin. Por suerte no se desarmó. Y yo tampoco me he desarmado: todavía tengo algo de tiempo.
Bajo la escalera y me enfrento a quien me tengo que enfrentar.
—Renuncio—le informo, con voz tranquila.
Y listo. Oídos sordos a la perorata y a los gritos, ojos ciegos a los gestos groseros. Ahora sólo tengo oídos para el viento, y sólo tengo ojos para ver las nubes y olfato para el césped recién cortado.
Va a ser difícil, pero creo que puedo volver a aprender a vivir. Siempre se puede.
» Es mentira que el mundo te atropella si te quedas quieto. Sí, la mayoría de los que vienen detrás sólo miran adelante y te pasan por arriba. Pero uno que otro hay que te echa una mano y te ayuda a levantarte. No hay que ser tan cínico, por el amor de Dios.
Y si te haces a un lado, nadie te atropella. Una vez que desistes de esa carrera que ni siquiera tiene un premio de verdadero valor, y te sales y lo observas todo desde afuera, podrás ver como la manada corre en un círculo enorme, y no se da cuenta. Y si volteas, verás el resto del mundo, brillante, salvaje, que está esperando a que lo descubras.
